Aunque de pequeño quería ser piloto, siempre me pongo un poco nervioso cuando el avión va a despegar. Esta vez, mientras el avión despegaba de Madrid, me olvidé un poco de todo viendo el atardecer desde las alturas; me sentía de prestado allí, mirando por una pequeña ventana los tonos rojizos del Sol sobre las nubes; me sentía en un lugar donde no corresponde estar, admirando desde una posición privilegiada una maravilla que sucede todos los días y que nos perdemos encerrados entre paredes de hormigón.
Sentirse de prestado, disfrutando algo que parece que no corresponde, pero que, de algún modo, te has ganado y que ahora te toca disfrutar, aunque sólo sea por unos instantes. Algo así como una asomarte a un buen balcón sobre las montañas o sentarte un rato cerca de la cima a mirar un espectacular mar de nubes.
Y bueno, aunque sientas que no te lo has ganado, tómalo como un regalo.
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